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BLACKROCK: CARTA ANUAL DE LARRY FINK A INVERSORES

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Crecer con tu país: reflexiones desde el optimismo a largo plazo

Cada año, escribo esta carta como resumen de las conversaciones a lo largo del año con clientes y empleados, líderes mundiales, consejeros delegados y personas que invierten para su jubilación. Últimamente, independientemente de quién hable, todos dicen lo mismo: no sabemos muy bien cómo afrontar este momento.

Es comprensible. Estamos viviendo un periodo en el que cosas que habrían definido una década se han convertido en rutina: guerras con repercusiones globales, empresas valoradas en billones de dólares, una reorganización fundamental del comercio internacional y la llegada de la tecnología más significativa desde, al menos, el ordenador.

Con demasiada frecuencia, esto se analiza desde una perspectiva cortoplacista. Los movimientos diarios del mercado se interpretan como señales de un cambio duradero, y las complejas transiciones económicas o tecnológicas se reducen a titulares. Vivimos en un mundo en el que la información fluye al instante y las reacciones le siguen con la misma rapidez. A veces, parece que todo está impulsado por la dopamina, y que el flujo constante de información recompensa los impulsos a corto plazo. Pero la velocidad puede distorsionar la perspectiva y desplazar el pensamiento a largo plazo.

Para ser justos, en los mercados financieros toda esta actividad cortoplacista tiene su razón de ser. Así es como se asimila la nueva información, se valoran los riesgos y se asigna el capital.

Pero, con el tiempo, mantener la inversión es mucho más importante que acertar con el momento adecuado. En las últimas dos décadas, cada dólar invertido en el S&P 500 se ha multiplicado por más de ocho. Si te hubieras perdido solo los diez mejores días, habrías ganado menos de la mitad.1 Y algunos de los días más sólidos del mercado se produjeron en los días con los titulares más inquietantes.

El peligro es que nos centramos tanto en el ruido que nos olvidamos de lo que realmente importa. Las fuerzas tras los titulares de hoy llevan mucho tiempo gestándose. El antiguo modelo de capitalismo global se está resquebrajando. Los países están gastando ingentes sumas de dinero para alcanzar la autosuficiencia: en energía, en defensa, en tecnología.

Entretanto, la gran mayoría de la riqueza ha ido a parar a manos de quienes poseían activos, no a quienes ganaban la mayor parte de su dinero trabajando. Desde 1989, un dólar en el mercado bursátil estadounidense ha multiplicado por más de 15 su valor en comparación con un dólar vinculado al salario medio.2 Ahora, la IA amenaza con repetir ese patrón a una escala aún mayor, concentrando la riqueza entre las empresas y los inversores que están en situación de captarla.

De ahí proviene gran parte de la ansiedad económica actual: una sensación profunda de que el capitalismo funciona, pero no para las suficientes personas. Y centrarse en la inversión a corto plazo no es la solución. Más bien, es la inversión a largo plazo la que permite a los países desarrollar industrias nacionales y a las personas generar riqueza duradera, y la que muestra cómo el crecimiento de su país también puede beneficiarles.

En el mejor de los casos, la inversión a largo plazo obra una especie de milagro cívico. Cuando la gente invierte sus ahorros —a lo largo de décadas, no de días—, los mercados de capitales ponen ese dinero a trabajar, financiando empresas, infraestructuras y puestos de trabajo. Y cuando ese ciclo se produce en tu propio país, tu futuro y el futuro de tu nación quedan vinculados. Ayudas a financiar su crecimiento, lo que ayuda a financiar el tuyo.

Mi fe en este milagro cívico está, obviamente, marcada por mi trabajo. Pero no hablo solo como consejero delegado de BlackRock: esa convicción refleja décadas de experiencia viendo cómo la inversión puede ayudar a que más personas participen en el crecimiento económico.

También se basa en algo más personal. Mi padre nació en 1925. Mi madre en 1930. No procedían de una familia adinerada. Mi padre tenía una zapatería. Mi madre daba clases de inglés. Pero ahorraron lo que pudieron y lo invirtieron.

Eran los años 50 y 60, justo cuando se estaba construyendo la red de autopistas interestatales, el auge industrial de mediados de siglo estaba despegando y el sector del automóvil estaba transformando la vida estadounidense. Y, a su modesta manera, contribuyeron a financiar todo eso. Formaron parte del capital que construyó el Estados Unidos moderno. Y con el tiempo, las ganancias volvieron a ellos. Cuando se jubilaron, tenían suficientes ahorros para vivir cómodamente hasta bien pasados los 100 años. Porque su patrimonio creció al ritmo de la economía estadounidense.

Y esa dinámica se extiende mucho más allá de Estados Unidos. En todos los países y generaciones, el patrón ha sido notablemente similar. Las familias que invirtieron de forma diversificada y constante —a lo largo de la depresión y la guerra, la inflación, las crisis financieras e incluso una pandemia mundial— tuvieron la oportunidad de que su patrimonio creciera al ritmo de sus economías. Esa historia es la razón por la que sigo siendo optimista a largo plazo. No porque el camino sea fácil, sino porque los mercados tienden a recompensar a quienes mantienen sus inversiones en tiempos de incertidumbre.

De eso se trata este momento. Ampliar esa oportunidad. Garantizar que más personas puedan participar en el crecimiento de su país. Porque hoy en día hay demasiadas personas que se quedan al margen.

Muchas personas no tienen dinero para invertir: hogares que viven al día. No se puede invertir si no se tiene la seguridad de poder pagar el alquiler del mes que viene, la compra de la semana que viene o una factura inesperada. Por tanto, el punto de partida debe ser ayudar a las personas a construir una seguridad financiera básica.

Y eso está empezando a suceder. Las cuentas de ahorro para emergencias, en las que las empresas pueden igualar las aportaciones y los trabajadores pueden retirar fondos sin penalizaciones, están ganando terreno. Y un número cada vez mayor de países está probando cuentas de inversión que se abren al nacer, lo que permite a los niños participar en el crecimiento de su país desde el momento en que salen del hospital.

Incluso cuando existen ahorros, la participación sigue siendo limitada. Es probable que Estados Unidos tenga la tasa de participación en el mercado más alta del mundo. Aun así, aproximadamente el 40% de la población no tiene exposición a los mercados de capitales.3 En todo el mundo, la participación es mucho menor.4 Miles de millones de personas ven crecer sus economías desde fuera, como inquilinos en lugar de propietarios, depositando sus ahorros en cuentas bancarias que rinden poco, en lugar de invertir para participar en el crecimiento que les rodea.

Los mercados funcionan cuando los inversores confían en que pueden comprar y vender a un precio justo. Esa confianza ayuda a las empresas a obtener el capital que necesitan para crecer y permite a las familias diversificar sus inversiones entre varios activos a bajo coste, en lugar de depender de uno solo. Ampliar el acceso a ese sistema —mediante una mejor tecnología y educación financiera— podría ayudar a que más personas participen en el crecimiento económico. Con el tiempo, esos mismos avances tecnológicos también podrían contribuir a una mayor transparencia y a un acceso potencialmente más amplio a sectores de los mercados privados —áreas como las infraestructuras y el crédito privado, que tradicionalmente han estado fuera del alcance de la mayoría de los inversores particulares—.

La mitad de la población mundial lleva una cartera digital en su teléfono.5 Imagina si esa misma cartera digital también te permitiera invertir en una amplia variedad de empresas a largo plazo, con la misma facilidad con la que envías un pago. La tokenización podría ayudar a acelerar ese futuro al actualizar la infraestructura del sistema financiero, haciendo que las inversiones sean más fáciles de emitir, más fáciles de negociar y más fáciles de acceder.

Comienzo esta carta con las fuerzas que hacen que esta conversación sea especialmente urgente en este momento: la reorganización del comercio mundial, la desigualdad que ha aumentado en la última generación y cómo la IA amenaza con ampliar la brecha sin una mayor participación en el mercado.

A continuación, ofreceré cuatro ejemplos —entre muchos otros— de cómo los países ya están ampliando la participación en el mercado y ayudando a más personas a crecer junto con sus economías.

El apartado final se centra en el trabajo de BlackRock con sus clientes, que impulsa muchos de estos mismos objetivos.

Una última cosa: Escribir esta carta forma parte de mi deber para con nuestros accionistas y clientes. Pero también es una carta. Y las cartas están pensadas para iniciar conversaciones. Espero que esta lo haga. Buscaré una variedad de puntos de vista y pretendo destacar algunos que contribuyan de manera significativa al debate.

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